La segunda SOPESUR (1965) llegó con una ambición clara: repetir la hazaña del año anterior, pero con más autos, más público y una organización todavía más “de país”. Otra vez la Panamericana como columna vertebral: Santiago hacia Valdivia, luego el ida y vuelta hasta Puerto Montt, y el cierre en Concepción. Tres etapas largas, neutralizaciones pensadas para que la carrera conviviera con las ciudades, y un objetivo que se sentía detrás de todo: que el automovilismo, aunque caro y exigente, siguiera siendo un espectáculo popular, de camino abierto, radios encendidas y gente esperando en puentes, curvas y pasos a nivel.
Un gran premio que ya era “tradición”
Si 1964 fue el asombro, 1965 fue la confirmación. La Federación Chilena de Automovilismo armó un equipo de autoridades amplio y visible, y además empujó algo clave: premios en dinero para aliviar el costo enorme de competir. SOPESUR y el Automóvil Club de Chile pusieron recursos para que el esfuerzo de pilotos y equipos no fuera un acto heroico a pérdida, sino una apuesta deportiva posible. Ese detalle importa, porque explica por qué la parrilla creció: la segunda SOPESUR se sintió como un evento “serio”, con estructura, calendario y un peso decisivo en la temporada.
Y el contexto lo elevaba aún más: era la última carrera del calendario, con puntaje alto, prácticamente definitoria para el campeón del 65. Eso le puso electricidad al ambiente desde antes de la largada. Raúl “Papín” Jaras llegaba como líder y favorito, pero esta vez no era “contra uno”: se venía una pelea grande con nombres pesados y máquinas nuevas que prometían guerra.
Después de una pausa en 1959, 1960 llegaría con un fondo más humano que sólo carreras de automóviles. El terremoto en Valdivia aquel año tenía al país movilizado con eventos benéficos, y el Circuito Los Domínicos no estuvo ajeno. Tras disponer transporte especial para los eventos, el lugar se repletó con decenas de miles de espectadores, siendo el evento deportivo más concurrido en la historia hasta el momento.
El auge de las carreras en Los Domínicos, se transformó en un lugar de referencia, viendo pasar a competidores como Papín Jaras, Bartolomé Ortíz, Nemesio Ravera, Juan Gac o Eugenio Velasco.
En Los Domínicos también se celebró lo que sería la primera prueba organizada por la Federación de Automovilismo Deportivo de Chile, un intento por centralizar el mando de los más importantes clubes de automovilismo a nivel nacional, esto, casi al final de la Historia de Los Domínicos, ya que por la llegada de la urbanización fue imposible realizar competencias.
En la lista de aspirantes, el relato se ponía internacional y diverso: Boris Garafulic con un Ford Falcon nuevo (potente, pero “experimental”), Kurt George, sueco corriendo con colores del Perú en un Volvo de preparación fina, Perrota desde Argentina con su estilo aguerrido, los Calderón empujando un Ford con historia (ex “Bartolo” Ortiz), y también los “pequeños grandes” como Juan Armando Band con su Austin Cooper S, capaces de sorprender por manejo y ritmo.
Y como telón de fondo, otra capa humana: en Carrozados y GTA se mezclaban marcas, clases y personajes que le daban a la ruta esa sensación de caravana nacional. No era sólo Turismo Carretera: era un mundo de autos distintos compartiendo el mismo camino.
Primera etapa: hacia Valdivia, el sur se llena de gente
Partieron temprano. Los Carrozados abrieron fuego, con Germán Picó y su Austin Healey 3000 marcando presencia desde el inicio, dominando hasta cerca de Temuco. Pero la tensión real llegó cuando los Turismo Carretera, largados cada 30 segundos, empezaron a cazar a los rezagados: ahí nace la “película” típica SOPESUR, adelantamientos en carretera, diferencias de potencia, y el público viendo cómo el pelotón se mezcla.
En Rancagua, Jaras ya iba a ritmo altísimo. Y aparecieron los primeros golpes de la verdad mecánica: abandonos por fundidas, bombas de aceite, fallas de motor. La SOPESUR siempre tuvo eso: el camino no negocia con nadie. No importa el nombre ni la ilusión, si el fierro dice no, se acabó.
La etapa tuvo un símbolo precioso: el avance de Carlos Calderón, que corría fuerte con el Ford de historia grande, y además lo hacía con un detalle casi poético: iba “a ciegas” porque se le cortó el cuentarrevoluciones. Manejar así una etapa larga es una muestra de oficio puro, de escuchar el motor y sentir el auto.
En Temuco, la llegada fue multitudinaria. Jaras entró primero, con promedio cercano a lo increíble, y todavía con problemas: embrague, luego caja. Pero ganó igual, y dejó claro que en estas carreras el liderazgo no era un paseo: era administrar velocidad con daños, con decisiones, con cabeza.
Y cuando se reanudó hacia Valdivia con lluvia, llegó la escena que marca para siempre a la SOPESUR 65: Kurt George hizo un gran tramo, Jaras bajó una marca histórica, pero lo que quedó grabado fue el contraste entre audacia y destino: el camino seguía “dando y quitando”.
Resultado humano de la etapa: Jaras lideraba, pero el gran premio estaba abierto. Había ritmo, había persecución, y se sentía que la segunda y tercera etapa iban a ser una cacería.
Día de descanso: la carrera también se gana en el parque cerrado
Entre la primera y segunda etapa, Valdivia respiró automovilismo. Hubo paseo fluvial a Corral, convivencia entre pilotos, copilotos, dirigentes, mecánicos. Esa parte es súper “SOPESUR”: la carrera no es sólo acelerador, es comunidad. Y al mismo tiempo, es taller: el parque cerrado permitía reparar, ajustar, salvar la participación.
Ese día pasó algo muy revelador: Gimeno arregla gracias a un repuesto prestado por Calderón; Jaras recibe repuestos enviados desde Santiago; otros cambian bombas, blocks, pistones. Es decir: la SOPESUR se sostenía también por una red de ayuda y oficio. Y además hubo sanciones por atrasos: detalle chico, pero muestra que la prueba ya se tomaba en serio.
Última etapa: el sur empuja, pero el destino despeja el camino
La tercera etapa partió con ritmo alto… hasta que en Cuesta Lastarria la carrera le pegó un mordisco al suspenso: Kurt George rompe diferencial, Band abandona, Tagle se retrasa y termina fuera. Ahí la SOPESUR 65 pierde parte de la batalla directa que el público quería, porque el puntero queda con menos presión real.
Pero ojo: la etapa no se murió. Se transformó. Porque se armó un cuarteto espectacular: Jaras, Picó, Calderón y Garafulic pasando por Victoria, Los Ángeles y Cabrero como si fueran un tren, separados por segundos. En Cabrero, en camino de tierra con piedras y curvas cerradas, se vio lo que siempre elevó a estas carreras: pericia, valentía y control. No era solo potencia: era manejar el país.
La llegada a Concepción, en Avenida Collao, fue el cierre popular: cuatro autos entrando casi juntos, aplausos, familias, parque cerrado, prensa, radios. Y aunque Garafulic ganó la etapa, el gran titular humano fue otro: Jaras ganó la SOPESUR por segunda vez, con una mezcla de velocidad y administración inteligente, cuidando cuando debía y empujando cuando se podía.
Lo que deja la SOPESUR 1965
La segunda SOPESUR fue menos “dramática” que la primera en su final, pero fue más grande como fenómeno: más inscritos, mejor preparación, menos fallas masivas, y un público que ya entendía que esto era parte de su año. También dejó claro algo que se repite como ley en estas pruebas: no siempre gana el más rápido del tramo, sino el que logra que el auto termine.
Y dejó postales humanas que valen más que un cronómetro: el volcamiento de Gimeno sin tragedia, la solidaridad de Muñoz, la ayuda mecánica entre rivales, el piloto extranjero animando la ruta, el Falcon “experimental” convirtiéndose en amenaza real, y la gente en Osorno, Puerto Montt, Valdivia y Concepción viviendo la carretera como estadio.
Resultados (Podio)
Turismo Carretera
1.- Raúl Jaras
2.- Carlos Calderón
3.- Germán Mayo
Clase 6
1.- Reinhold Winkler
2.- Oscar Capote
3.- Gerardo Carreño
Clase 8
1.- Humberto Fassioli
Clase 10
1.- Francisco Cortes
2.- Goldfinfer – Sergio Wagner
3.- Fernando Bravo
Clase 14
1.- Segundo Andrés
Clase 1
1.- Francisco Condon
2.- Luis Morel
3.- Alejandro Briones
Clase 2
1.- Alberto Reyes
Clase 4
1.- Germán Picó