Enero de 1966. Punta Arenas volvía a transformarse en la capital del automovilismo patagónico. Hasta el extremo austral de Chile llegaron los mejores pilotos de la Patagonia chilena y argentina, además de las principales figuras nacionales de la categoría Fuerza Libre, para medir fuerzas en el tradicional circuito callejero Arturo Prat, una de las competencias más prestigiosas del calendario motor de aquellos años. La expectativa era enorme. El interés que despertó la prueba motivó a Radio Polar a preparar una transmisión especial para todo el país, enlazada en dúplex con la cadena La Voz de Chile, llevando las emociones de la carrera desde el Estrecho de Magallanes hasta el resto del territorio nacional.
La nómina de participantes era digna de un campeonato nacional. Desde Santiago arribaban el campeón chileno Raúl “Papín” Jara, Boris Garafulic y Ramón Ibarra. La poderosa escuadra local estaba integrada por Humberto Vera, Mario Vitelli, Godfrey Finlayson y Rudimir Marangunic, mientras que David Cristeff, campeón de Chubut, y Gabriel Gómez, campeón de Coyhaique, completaban un plantel de pilotos que prometía una jornada inolvidable.
Cuando cayó la bandera nacional, el rugido de los motores rompió el silencio de la mañana magallánica. Raúl “Papín” Jara realizó una largada impecable y se adueñó inmediatamente del liderazgo. A escasa distancia se mantuvo Godfrey Finlayson, quien, al volante de su célebre “Paloma Blanca”, no le concedía un metro de ventaja al campeón chileno. Detrás de ellos, la lucha era feroz. Mario Vitelli, Ramón Ibarra y Boris Garafulic intercambiaban posiciones una y otra vez, mientras Rudimir Marangunic sorprendía al público con un pequeño Mini Austin enfrentando sin complejos a los poderosos Ford V8 que dominaban la categoría.
El primer ascenso por la Subida Slavic fue una postal imborrable. Una espesa nube de polvo envolvió a los punteros mientras miles de espectadores, apostados a lo largo del circuito, acompañaban cada maniobra con entusiasmo. El estruendo de los motores de ocho cilindros retumbaba entre las calles de Punta Arenas, dando vida a uno de los espectáculos mecánicos más impresionantes que había conocido la ciudad. Pactada sobre veinte vueltas, la competencia tuvo durante sus primeros giros a “Papín” Jara como sólido líder. Giro tras giro comenzó a abrir una pequeña diferencia, aunque Finlayson permanecía siempre a la expectativa, confiado en el excelente rendimiento de su Ford Galaxie.
Dispuesto a consolidar su dominio, el campeón nacional llevó su automóvil al límite. La apuesta rindió frutos en la quinta vuelta, cuando estableció un extraordinario récord de giro: 3 minutos y 53 segundos, a un promedio de 131 kilómetros por hora, una velocidad notable considerando las características del trazado urbano. Pero las carreras de velocidad también premian la resistencia. Tal vez decidido a vengar la derrota sufrida ante Finlayson en la edición anterior,
Jara continuó castigando sin descanso la mecánica de su automóvil. El esfuerzo terminaría pasando la cuenta. En la decimotercera vuelta el rendimiento de su máquina comenzó a decaer y Godfrey Finlayson encontró el momento preciso para lanzarse al ataque y asumir el liderazgo. Poco después, el campeón chileno debió abandonar la competencia, dejando el camino despejado para el piloto magallánico.
Con Finlayson firme en la punta, Boris Garafulic heredó la segunda posición. Más atrás, el tercer lugar se transformó en un emocionante duelo entre Ramón Ibarra y el joven crédito local Mario “Chueco” Vitelli, quien, alentado por su público, terminó imponiendo su talento y determinación.
Tras veinte intensas vueltas, Godfrey Finlayson recibió primero la bandera cuadriculada, conquistando una de las victorias más importantes de su trayectoria deportiva. A su lado celebró su acompañante Lorenzo Alacevic.
Boris Garafulic aseguró el segundo lugar, mientras que el promisorio Mario “Chueco” Vitelli completó el podio con una actuación que confirmó el gran nivel del automovilismo puntarenense.
Aquella edición del circuito Arturo Prat volvió a demostrar que, en los confines australes de Chile, el automovilismo se vivía con la misma pasión que en los grandes escenarios del país. Fue una jornada donde el talento de los mejores pilotos nacionales se encontró con la fortaleza de los representantes patagónicos, escribiendo una de las páginas más memorables de la historia del deporte motor magallánico.