Hubo una época en que el rugido de los motores y el olor a “carreras” dominaban los veranos en Chile, portadas del diario El Mercurio en donde se podían apreciar 20.000 espectadores en las dunas de Reñaca. Corredores que eran verdaderos ídolos en sus máquinas 4×4, que eran lo más avanzado de la época no solo en Chile, sino que en Sudamérica.
Auspicios importantes, contratos financiados para algunos pilotos, una fusión entre el glamur y el barro, eso y mucho más era el Jeep Fun Race.
El Jeep Fun Race no fue solo un pasatiempo para quienes participaron en él, era una competencia y espectáculo de gran nivel. Cada vez que los pilotos chilenos cruzaban la frontera, los primeros lugares eran siempre para ellos. De igual manera, cuando los hermanos trasandinos venían a correr a Chile, tenían que disfrutar solo del gusto de “participar”. Ahora bien, ¿cómo partió todo?
Todo comenzó a mediados de los años 80, cuando productores de televisión buscaban un formato nuevo, algo diferente a las carreras tradicionales de velocidad. La inspiración llegó desde Estados Unidos: competencias donde los jeeps no corrían contra el cronómetro en rectas de asfalto, sino contra el terreno mismo.
Así nació la idea de un campeonato donde los vehículos debían superar obstáculos, enfrentar arena, barro, neumáticos, pendientes imposibles y circuitos diseñados para poner a prueba tanto a la máquina como al piloto. La organización quedó en manos de Rodrigo Irarrazabal, quien era propietario del Centro Off Road. El escenario elegido para el debut fue tan dramático como el concepto mismo: las Dunas de Reñaca Alto, en Viña del Mar. Ahí comenzó todo. En sus primeras versiones, el sistema de competencia era simple pero implacable. Un jeep entraba al circuito y debía superar una serie de obstáculos: subidas empinadas, arena suelta, curvas cerradas y terrenos que parecían diseñados para detener cualquier vehículo. Luego venía el siguiente competidor, intentando hacerlo más rápido y con menos errores. Pero cada falla tenía un precio. Quedarse atrapado, necesitar ayuda o ser remolcado significaba penalizaciones severas. El desafío no era solo correr: era dominar el terreno. Con el éxito inicial, el campeonato comenzó a expandirse. Se organizaron temporadas completas con torneos de verano, otoño‑invierno y primavera.
El espectáculo empezó a transmitirse por televisión, llegando a audiencias masivas.
En 1987 comenzó la profesionalización, se introdujo un nuevo sistema de competencia: los jeeps corrían simultáneamente en pista. Los 12 mejores tiempos avanzaban a semifinales y los 4 más rápidos disputaban la final. Ese mismo año el campeonato comenzó a transmitirse en vivo por Televisión Nacional de Chile. El nivel subió drásticamente, a mediados de temporada ya casi no se veían 4×4 estándar, muchos corriendo sin parabrisas y con arnés de 5 puntas. En 1988 el evento cambió de patrocinador y pasó a llamarse Viceroy Fun Race. Además, se establecieron categorías según cilindrada: Serie A para vehículos de 4 cilindros y Serie B para vehículos de 6 u 8 cilindros. La profesionalización ya había llegado para quedarse, la improvisación no
tenía cabida. Ya las modificaciones eran importantes. Grillas de largada soñadas con los Toyota Fj40 con motores V8 Chevy 350, los Ford Bronco V8, las Hilux con motores V6, los Kaiser con motores 454 y creaciones nacionales como el exitoso “Alacrán IRT”. No sorprendía ver el apoyo potente de empresas trasnacionales como Denim, Adidas, rangler, entre tantas otras. También las fuertes escuderías nacionales como Goren con
equipo de 3 pilotos. La transmisión en vivo era por Universidad de Chile Televisión (Canal 11) con la animación de Juan Francisco Ortun. A medida que pasaban los años, los vehículos siguieron evolucionando. Los motores se potenciaron, las suspensiones se reforzaron y las transmisiones se adaptaron para enfrentar circuitos cada vez más exigentes. Los jeeps comenzaron a transformarse en verdaderas máquinas de competición off‑road.
Durante los años 90 el Jeep Fun Race alcanzó su mayor popularidad, con la organización por parte de Felipe Horta. Las carreras se realizaban en distintos puntos del país y convocaban a pilotos, preparadores y fanáticos que veían en esta disciplina algo único.
Dentro de los múltiples circuitos que se disputó el Jeep Fun Race, destacan las dunas de Reñaca, Parque Laguna Caren, San Carlos de Apoquindo, La Serena, Concepción, La Pirámide, entre otros.
En 1991, la organización pasó a manos de Top Run, de Jaime Cardemil. También surgieron nuevas iniciativas como la serie ‘Lady Fun Race’, donde mujeres, principalmente modelos y rostros de TV como Angelica Castro, competían en su propia categoría, demostrando que el off‑road también era territorio femenino. También en 1993 formaron parte otras figuras del espectáculo con la teleserie “Amame” cuya temática era en torno a un corredor de Jeep Fun Race. La transmisión volvió a TVN, pero con una menor calidad que los años anteriores.
A mediados de los años 90 comenzaron a disminuir los patrocinadores y el campeonato empezó a enfrentar dificultades. En 1997 se realizaron solo cuatro fechas y en 1998 hubo un breve intento de recuperación. Todas centradas en el circuito de Movicenter y transmitidas por La Red. Finalmente, en 2002, el Jeep Fun Race disputó su última competencia en Ciudad Empresarial. Ese día los motores de 4, 6 y 8 cilindros rugieron
por última vez en una pista que había sido testigo de años de adrenalina, barro, arena y gloria. Aunque el campeonato llegó a su fin, su legado permanece. Muchos de los pilotos, vehículos y preparadores que participaron marcaron una época en el automovilismo off‑road chileno. Jeep Fun Race no fue solo una competencia. Fue una era. No podemos olvidar a los pilotos que hicieron grande este deporte:
Entre muchos otros.